Alguna vez pasaban peregrinas
Las horas que se ataron al vacío
Vagando sin hogar entre las ruinas
Del yermo vivo, cuerpo ya baldío;
El alma abandonada en las espinas,
El brío despojado de albedrío,
Y un niño temeroso en desconfianza
Cautivo sin consuelo ni esperanza.
Tan lejos del umbral y tan cercano
Sentía el canto alado de algún ave
Un cisne coronado, más que humano,
Un ángel que brillaba en aura suave
De luna, y descendió al lecho profano
Llevándome en su abrazo sobre el grave
Paisaje que imperaba mi amargura
Cruzando así el umbral de mi aventura.
Primero vacilante por alguna
Temida consecuencia de perderme,
Luché una y otra vez contra mi cuna
Alzando por mi voz a aquel que duerme,
Formé un precioso hogar junto a la luna
Y viendo al niño, comencé a quererme;
Fue el rayo finalmente sometido
Y el tiempo, que ya daba por perdido.
En mi ánimo me vi precipitado
A dar en sacrificio mi lamento
Dejando atrás el eco del pasado
Por ver en el futuro movimiento
Incierto en renunciar a mi astro amado
Aquel al que ofrecí mi último aliento;
Entonces renací en el elixir
Heroico en la promesa de vivir.