No quería escribirte
ni liras ni sonetos
porque tengo más miedo de llorarte
del que tengo a morir.
He viajado entre fotos
trepando por los días ya tachados
a un mundo extraterrestre
que llamábamos “Nueva Poesía”.
Veía nebulosas en tus ojos,
tus estrellas lloviendo
sobre una luna tímida
jugando entre las nubes de
tormenta.
Veía dos siluetas de una noche,
sus manos enlazadas,
después de evaporar
los ríos y las calles
de la ciudad dormida
hasta el amanecer,
robándole a las sombras su
silencio.
Ayer me preguntaron si te quiero.
No supe responder. Maldita sea.
Te quise como nunca quise a nadie.
Decía estar casado
con todas las estrellas.
Escribía por ti,
escribí cada verso
como alguien renacido
de un útero que al fin me merecía.
Escribí como pude,
todo lo que pude,
sabiendo que tu sangre era mi
tinta.
Eras un trazo escogido.
Te escogí tantas veces.
Y si hubiera otra vida
volvería a escogerte. No lo
entiendes.
No quería escribirte más. Supongo
que no tengo remedio.
Soy poeta por ti. Fuiste mi trazo.
Pero ya me da igual.
Ya quiero pasar página
y evaporar mi fuego a quemarropa
como el cañón del rayo al
suicidarse;
sacarme el corazón a escopetazos,
lavarlo con lejía
y dejar de buscar como un imbécil
tus luces zodiacales.
El medio paso no era la distancia,
sino el nudo que unía
tu negro firmamento con mi tierra:
la lluvia, el petricor,
el agua de la calle
entrando en mis raíces
como un eco del cielo
que hoy te llora en cometas.