A mi abuelo, Manuel.
Abriéndose camino entre la hierba
La luna levantada por su mano
Dibuja otro sendero en su frontera.
Un corte duro, blanco como un rayo
Le sigue como el trueno que reclama
Bramando en el susurro más calmado.
Dorado, reverdece contra el cielo
Que llora de sus ojos, el ocaso
De un héroe más fiero que ninguno.
Eterno luchador, jamás retado,
Su espada, aquella luz que nunca duerme
Su arena, aquel jardín abandonado.
Orgullo da a su voz el mismo cierzo
Su pecho habita un Ebro desbordando
La llama de su fuerza aragonesa.
Alzando la cabeza como un bravo
Pelea sin perder su último aliento
Y vence donde tantos han fallado.
Pelea sin temor ni retirada
Y arroja contra el cielo, rebelado,
Su gesto en desafío más ardiente.
La bóveda se enciende por mirarlo,
Más alta, más extensa, lo contempla
Callando en un silencio desatado.
Tan rápida desciende en este encuentro
La noche, que acostándose a su lado
Le lleva en un suspiro a las estrellas.
Tan rápido él asciende en este ocaso
Bordándole su nombre al firmamento:
Heracles de Aragón glorificado.
Los valles de su tierra le acompañan
Las nieves de sus montes levantados
Las lluvias que recoge su voz suave.
Y el cielo ya lo acoge con su abrazo,
Y el mundo ya lo llora como un ángel;
Y él brilla bajo el pórtico estrellado.