Disipado en el ocaso
Del eterno cristal frío,
Reflejado en aquel tiempo
De las tardes desveladas,
Desgarrado entre suspiros
Tembloroso acariciaba
Sus dulces ojos de noche
Olvidados del olvido.
Anhelada contraluz
En las olas del silencio,
Si un instante de su brillo
Disipara la tormenta
Y eclipsando en su reposo
Reflejara en sus pupilas:
Deslumbrar podrá siquiera
El abismo del recuerdo.
Acercaba así las manos
Al calor del azabache,
Breve calma en el engaño
De memoria atormentada;
Reza el alma entre susurros
Si en su noche contemplara
Ardiente ilusión,
Ausencia
de esta amada epifanía.
Iván, el vagabundo
